Posteado por: arciprestedehita | mayo 28, 2009

El olor de la tierra

 

Olor a tierra

Olor a tierra

Me asomé a la ventana en la casa del pueblo y un aroma especial me invadió de golpe. Era el olor a tierra, que hacía tiempo que no disfrutaba.

Llevábamos varios días de calor y la tierra estaba seca, al caer al lluvia el aire se impregnó de ese olor tan natural y tan primitivo.

¿Y a qué huele la tierra? pensé. Los olores, como los colores o las sensaciones, son difíciles de definir con palabras, normalmente recurrimos a símiles o metáforas para explicarlos. Con el olor a tierra en realidad estamos interiorizando la naturaleza que nos rodea, porque creo que la vegetación cercana da forma a ese aroma. Podemos detectar el olor de los troncos de los árboles, de las hojas, de los arbustos y hierbas. Unos nos recuerdan a vegetales comestibles como las judias verdes, otros a alimentos como la miel, en definitiva nos reconforta el olor a tierra porque nos indica que la naturaleza alrededor es saludable. En algunos sitios huele a romero y jara, en otros a majuelo o encina, a cada uno le gusta particularmente el que disfrutó en su infancia sin ser consciente de ello.

Este olor es difícil de encontrar en una ciudad, donde el asfalto sustituye  la tierra y los coches a las vacas y a los caballos, por ello nos gusta volver al pueblo, donde nos sentimos seguros con los paisajes que no cambian y los olores que nos reconfortan.

Posteado por: arciprestedehita | enero 29, 2009

Naturaleza y paisaje

Sierra de Cameros, La Rioja, España

Naturaleza y Paisaje en Sierra de Cameros

El otro día escuché en la radio algo interesante que me hizo investigar. Un  historiador hablaba de cómo la misma palabra “paisaje” ya denota una interpretación cultural de la naturaleza, es decir que el paisaje existe porque lo vemos y lo interpretamos. ¿Qué es lo que hay anteriormenta a nuestra observación?…  lo que hay es la naturaleza, la geografía del lugar.

De hecho en la historia del arte europeo no se tiene conciencia del paisaje hasta el Renacimiento (S.XV), anteriormente era algo que envuelve la escena o que está ahí pero sólo acompañando. En el Renacimiento el paisaje empieza a aparecer por si mismo en los cuadros y no como un decorado para retratar a algún personaje civil o escena religiosa;  aunque es en el romanticismo (finales S.XVIII), que respecto al arte supuso una manera de concebir y sentir la naturaleza, cuando se comienza a tener una conciencia del entorno natural como objeto de admiración.

A nivel mundial parece ser que el arte Chino fue el primero en tratar el paisaje como un tema pictórico, especialmente desde el siglo V, probablemente influenciados por la visión budista de contemplación de la naturaleza. También en Japón el paisaje es parte importante de la pintura y la poesía, imagino que influenciados por la mezcla de religión sintoista (adoración de los espíritus de la naturaleza) y la budista que recibieron por influencia china.

Lo hablado es sobre la pintura principalmente, aunque otro día investigaré sobre el paisaje en la poesía y la literatura, donde probablemente chinos y japoneses nos lleven la delantera también.

Posteado por: pacosanagu | noviembre 30, 2008

Las casas de Neruda

Cuando, mientras preparaba un viaje de dos meses por el sur de Argentina y Chile, mi amiga Jenny me preguntó qué quería ver en la zona de Santiago , le dije que sólo había dos cosas que no me quería perder: Isla Negra y el Palacio de la Moneda.

Lo que no me imaginaba era que mi primer encuentro con Pablo Neruda iba a tener lugar en Punta Arenas, más de 3.000 kilómetos al sur de la capital, cuando viajaba muy despacio hacia ella, procedente del maravilloso y desolado territorio de la isla Navarino y los canales patagónicos por los que, en un transbordador de fondo plano y proa ancha, había llegado la noche antes a la capital de la XII Región, ‘Magallanes y Antártica Chilena’.

Después de una primera mañana de toma de contacto con la ciudad, cuando había decidido buscar un sitio para comer, me encontré de frente con un restaurante vegetariano, “La Marmita”, de aspecto muy acogedor. Entré, me senté y, mientras repasaba el local con la vista esperando a que me trajeran la comida, me fijé en una pequeña pizarra de formato horizontal, colocada casi casi en el techo; en ella, escrita con tiza, como corresponde, había una pequeña poesía de Don Pablo, la oda a la sandía: “La redonda, suprema y celestial sandía/ es la fruta del árbol de la sed/ es la ballena verde del verano”.

La pizarra de "La Marmita"

La pizarra de "La Marmita"

Lo que tampoco sabía era que Neruda no sólo tenía la casa de Isla Negra, la más famosa, si no tres más, dos en Santiago y otra en Valparaíso, así que, cuando casi un mes después del encuentro con la pizarra llegué a Santiago, el primer día ya me llevó Jenny a ver una de las santiaguinas. Se trata de “La Chascona”, que fue convenientemente saqueada por los milicos después del golpe de estado: se llevaron (¡o quemaron!) muchas primeras ediciones de libros, algún cuadro de Picasso, etc.. Matilde Urrutia, con quien ya vivió en ella, fue la encargada de la restauración

Un rincón del jardin de "La Chascona"

Un rincón del jardín de "La Chascona"

La siguiente visita a una casa de Neruda, tras un par de horas de viaje en coche pasando por algunas de las comunas pobres de Santiago -Quinta Normal, Cerro Navia y Pudahuel- y previa reserva, fue a la casa de Isla Negra, la más genuinamente nerudiana. Las visitas son en grupo y, como en el resto de las casas, no está permitido hacer fotos en su interior. Al menos para mí, y a pesar de la incomodidad de verla rodeado de gente y con el tiempo muy limitado, ese lugar tenía algo mágico, algo de peregrinación también. No sólo estaban allí las tumbas del poeta y su última musa, si no que en ella había escrito algunos poemas que, leidos en mi juventud, habían exaltado mi espíritu. Situada encima de una pequeña playa rodeada de acantilados y abierta al Pacífico, su ubicación es perfecta para soñar.

La casa de Isla Negra

La casa de Isla Negra

El propio Neruda se definía a sí mismo como “cosista”, acumulador de cosas, y así sus casas -sobre todo la de Isla Negra- están llenas de botellas de vidrios de colores, máscaras, mascarones de barcos, reproducciones de barcos, cuadros de barcos, fotos de poetas, objetos comprados en medio mundo, todo un mundo abigarrado y cálido en el que el poeta, amante de la buena vida, gustaba de reunirse con sus amigos a comer y tomar tragos. A menudo, lo de los tragos se hacía en una barca varada junto a la casa ya que, temeroso del mar, decía preferir marearse en tierra que sobre las olas.

La barca para marearse en tierra

La barca para marearse en tierra

La última casa, “La Sebastiana”, la compró en 1961 en Valparaíso cuando buscaba una casita para vivir y escribir tranquilo y sus condiciones eran: “No  puede estar muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria pero no en exceso. Vecinos, ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original pero no incómoda. Alada pero firme. Ni muy grande ni muy chica. Lejos de todo pero cerca de la movilización, independiente pero con comercio cerca. Además tiene que ser barata“. Fuimos a verla acompañados por Alfredo, un amigo porteño (sí, los de Valparaíso también se llaman porteños) de Jenny, quien nos ensenó la casa y la ciudad.

"La Sebastiana"

"La Sebastiana"

Situada encima de la bahía de Valparaíso, donde el azar quiso que nacieran Don Salvador Allende y su verdugo Pinochet, la vista desde sus ventanas es espectacular. En una de las habitaciones hay un poema que escribió allí, seguramente en una tarde melancólica con sonidos lejanos de sirenas de barcos saliendo de puerto: “El Océano Pacífico se salía del mapa/ No había donde ponerlo/ Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte/ Por eso lo dejaron frente a mi ventana”. Tras los destrozos sufridos durante el golpe de estado, su viuda Matilde Urrutia la cerró, y no se abrió al público hasta 1992, una vez restaurada por la Fundación Pablo Neruda al regreso de la democracia.

Las tres casas visitadas tienen algo -mucho- en común: puertas pequeñas, pasadizos, corredores, techos bajos, mucha madera, diseño completamente original y personal, muchos libros, montones de objetos acumulados,…son como barcos en tierra, y no sólo por su situación privilegiada frente al mar (menos “La Chascona”). Parece que el poeta hubiera querido compensar su miedo al mar con una continua “vida a bordo”.

La peregrinación por las casas de Neruda tuvo como epílogo un terremoto, pequeño para los chilenos -6 grados en la escala Richter en el epicentro, a menos de 50 kilómetros de Valparaíso- pero bastante impresionante para un segoviano.

Posteado por: arciprestedehita | julio 29, 2008

Descaminados

En la baja edad media, además de las partidas de bandidos, otras dificultades tenían los viajeros en los caminos de la sierra de Guadarrama. El más conflictivo fue el llamado “Portazgo”, que era un impuesto real que gravaba el paso de personas, caballerías y mercancías por algunos lugares de paso obligado a lo largo de los caminos.

Dió lugar a muchos abusos de nobles que cobraban por pasar por sus tierras, y a la consiguiente picaresca de las gentes que se apartaban de los caminos principales para eludir su pago. Lo que se conocía como andar “descaminados” podía acarrearles en caso de ser descubiertos, la confiscación total de sus bienes, lo que llevó a muchos abusos y constantes quejas  por los expolios a los que se sometían a los que se aventuraban a “descaminarse” por parte de los guardianes del portazgo, por lo general gente sin escrúpulos a sueldo de sus señores y armados con hondas y garrotas, que eran casi siempre pastores o vaqueros.

Uno de los que sufrió en propias carnes esta situación fue Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, que narra en su libro de Buen Amor cómo en el puerto de Malagosto le salió al paso la amenazadora vaqueriza Chata Resia, posiblemente la portazguera al servicio del noble señor de Pedraza. El arcipreste relata así su lance poniendo voz a la vaqueriza:

“Yo guardo este pasaje e su portazgo cojo, al que de grado de paga nunca le causo enojo, al que pagar no quiere bien pronto le despojo, págame tu o verás como trillan rastrojo”.

El arcipreste iba sin blanca y le insinuó a la poco agraciada vaqueriza un pago en “especie”. Después de recibir cobijo y buenos manjares regados con vino la vaqueriza le convino a “luchar un rato” acabando el relato como sigue:

“Levántate ya de priesa; quítate de encima el hato”… “Por la muñeca me priso, tuve que hacer cuanto quiso, ¡Creo que me fue barato!”

Otros tendrían menos suerte que el Arcipreste de Hita.

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